El sentido de la vida

Viktor Frankl fue neurólogo y psiquiatra, superviviente de las atrocidades de los campos de concentración de Auschwitz, y aún así, dijo: “No me olvido de ninguna buena acción que me hayan hecho, y no guardo rencor por una mala”. La suya, es una lección de perdón y propósito.

La postura de Frankl no solo es efectiva desde el punto de vista psicológico (era, al fin y al cabo, un excelente psiquiatra), sino que también tiene un punto profundo y trascendental. Una vez dijo, “al ser humano se le puede arrebatar todo, salvo una cosa: La libertad de elegir su actitud ante cualquier circunstancia de la vida”. Y es cierto. 

El transcurso de los peores años de su vida y la experiencia que obtuvo en ellos, le condujeron en 1945 a escribir su libro más exitoso “El hombre en busca del sentido”, en el cual narra sus vivencias como prisionero en los campos de concentración desde una apreciación psiquiátrica.  

... Recuerdo dos casos frustrados de suicidio que guardan una sorprendente semejanza. Ambos prisioneros habían manifestado su intención de suicidarse y aducían el típico argumento de no esperar nada de la vida. En ambos casos, la terapia, según lo expuesto, consistía en hacerles ver que la vida sí esperaba algo de ellos, que algo les esperaba fuera en el futuro. Resulta que para uno de ellos era su hijo, al que adoraba y que lo esperaba en el extranjero. En el otro la vinculación no era con una persona, sino con su obra. Era un científico que había iniciado la publicación de una colección de libros aún inconclusa. Nadie más que él podía acabar el trabajo, así como nadie podía reemplazar al padre en el afecto por su hijo.

Un hombre que se vuelve consciente de su responsabilidad ante quien lo aguarda con todo su corazón, o ante una obra por terminar, nunca será capaz de tirar su vida por la borda. “Aquellos que tienen un ‘porqué’ para vivir, pueden soportar casi cualquier ‘como’"(quien conoce el porqué de su existencia, podrá soportar casi todo). 

Además de dejar atrás el rencor, lo que Frankl nos propone es recordar lo bueno que hay en los demás. Una forma poderosa de resistencia interna, esencial en tiempos crueles. No se trata de idealizar al otro ni de negar las heridas propias. Es, sencillamente, cuestión de mirar con generosidad.

Y no, no es una cuestión puramente ética o moral. Es una postura profundamente práctica. Porque al mirar con generosidad a los demás, al verlos con compasión y obligarnos a ver lo mejor en ellos, salimos del papel de víctima. Esto nos permite tomar las riendas y hacer cambio. Es una posición que nos permite ser proactivos, y no impulsivos o pasivos, como pasa con la ira o la tristeza.

Dice una frase que todos recordamos: perdono, pero no olvido. Qué gran error. Esta cita no va de poner límites, eso debemos hacerlo tanto con quienes nos tratan bien como con quien nos trata mal. Ni siquiera va sobre mantener distancias con quien nos ha hecho daño. Va de construir o mantener vivas relaciones sobre el rencor. Y eso, por desgracia, no sirve de nada.

"El perdón es para ti, no para quien te hizo daño”.

LA ESENCIA DE LA EXISTENCIA

Todos y cada uno de nosotros tiene algún propósito en su vida, ya que por insignificante que sea, tendrá una consecuencia universal.
Nunca pienses que tu vida no tiene sentido. 

«Actúa como si vivieras por segunda vez y la primera lo hubieras hecho tan desacertadamente como estás a punto de hacerlo ahora».

Ser hombre implica dirigirse hacia algo o alguien distinto de uno mismo, bien sea para realizar un valor, bien para alcanzar un sentido o para encontrar a otro ser humano.

Cuanto más se olvida uno de sí mismo —al entregarse a una causa o a la persona amada—, más humano se vuelve y más perfecciona sus capacidades. Por el contrario, cuanto más se empeña el hombre en conseguir la autorrealización, más se le escapa, pues la verdadera autorrealización es el efecto profundo del cumplimiento del sentido de la vida.

Lo que se necesita urgentemente en tal situación es un cambio radical de nuestra actitud frente a la vida. Debemos aprender por nosotros mismos, y enseñar a los hombres desesperados, que en realidad no importa lo que esperamos de la vida, sino que importa lo que la vida espera de nosotros. 

El sentido de la vida cambia continuamente, pero nunca cesa.

EL SENTIDO DEL AMOR

El segundo modo de descubrir el sentido de la vida se produce con la aceptación de los dones de la existencia; por ejemplo, la conmoción interior ante la belleza del arte, el esplendor de la naturaleza o el amoroso calor de otro ser humano

El amor es la meta última y más alta a que puede aspirar el hombre.

EL SENTIDO DEL SUFRIMIENTO

El tercer modo de encontrarle un sentido a la vida es a través del sufrimiento.

Cuando hay que enfrentarse a una situación inevitable, inapelable e irrevocable (una enfermedad incurable, un cáncer terminal), la vida ofrece la oportunidad de realizar el valor supremo, de cumplir el sentido más profundo: aceptar el sufrimiento. El valor no reside en el sufrimiento en sí, sino en la actitud frente a él, en la capacidad de soportarlo.

En otras palabras, la autorrealización no se logra como un fin, sino que es el legítimo fruto de la trascendencia.

Si hay un sentido en la vida, entonces debe haber un sentido en el sufrimiento. La experiencia indica que el sufrimiento es parte sustancial de la vida, como el destino y la muerte. Sin ellos, la existencia quedaría incompleta. 

No es el sufrimiento en sí mismo el que madura o enturbia al hombre, es el hombre el que da sentido al sufrimiento. Hasta tal punto resulta esencial la postura del hombre que Frankl le arrancó al campo una gran lección existencial: «El sufrimiento, en cierto modo, deja de ser sufrimiento cuando encuentra un sentido...».

Pero quisiera dejar bien claro que el sufrimiento no es necesario para otorgar sentido a la vida. El sentido es posible sin sufrimiento. Para que el sufrimiento confiera un sentido ha de ser inevitable, completamente necesario. El sufrimiento evitable debe combatirse con los remedios oportunos; no hacerlo sería masoquismo, no heroísmo.

«El sentimiento que se convierte en sufrimiento deja de serlo en cuanto nos formamos una idea clara y precisa de él» Ética, 5.ª parte, proposición III).

En el campo de concentración los prisioneros, muchas veces, olvidaban que las circunstancias excepcionalmente adversas otorgan al hombre la oportunidad de crecer espiritualmente más allá de sí mismo. En lugar de aprovechar las dificultades del campo para probar su entereza, juzgaban errónea su situación, un paréntesis inconsistente del destino. Preferían cerrar los ojos y refugiarse en el pasado. Para esas personas, la vida perdía todo su sentido.

El hombre que se dejaba vencer por la ausencia de futuro ocupaba su mente con pensamientos del pasado.

... Nuestras vivencias en el campo podrían resultar provechosas en el futuro... Y cité a Nietzsche: «Todo lo que no me destruye me hace más fuerte».

Los supervivientes de los campos aún recordamos a los hombres que iban a los barracones a consolar a los demás, ofreciéndoles su único mendrugo de pan. Quizá no fueron muchos, pero esos pocos son una muestra irrefutable de que al hombre se le puede arrebatar todo, salvo una cosa: la libertad humana —la libre elección de la acción personal ante las circunstancias— para elegir el propio camino. 

La vida no se mide en el éxito o en el dinero,  ni en lo mucho o poco que nos acepten los demás. La vida se mide en besos, en risas y en llantos. Exprimir cada segundo es la única forma de asegurarnos de vivir sin arrepentimiento.


“Me quitaron mi nombre, mi libertad, mi familia… pero jamás lograron quitarme el sentido.” 

Sobreviví a cuatro campos de concentración. Me marcaron con un número y me arrebataron todo: mis libros, mis sueños, incluso a mi esposa embarazada. Todos los días veía morir a alguien. Algunos se lanzaban contra las cercas eléctricas… otros simplemente dejaban de luchar. Yo también estuve al borde. Pero decidí que, si no podía cambiar mi destino, cambiaría mi actitud ante él. 

Una noche, mientras temblaba de frío, imaginé que estaba dando una conferencia en una universidad, contando todo lo que había vivido. Me aferré a esa imagen como si fuera una cuerda en medio del abismo. Esa idea —encontrar un propósito incluso en el dolor— fue lo que me mantuvo con vida. No era solo sobrevivir. Era entender para qué vivir.

Cuando fui liberado, no encontré a nadie de mi familia con vida. Estaban todos muertos. Pude haberme destruido, pero elegí escribir. Así nació El hombre en busca de sentido. No lo escribí para ser famoso. Lo escribí para que el mundo supiera que aunque te lo quiten todo, si tienes un “por qué”, siempre encontrarás el “cómo”. 

’‘Hay cosas en la vida que no puedes controlar. Pero siempre podrás controlar cómo respondes ante ellas. Y eso… puede salvarte. Porque incluso en el infierno, quien tiene un propósito, tiene esperanza.’’ 

– Viktor Frankl

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